DETRÁS DE LA HISTORIA Publicado en la interCole Nº 87 de Septiembre 2014

Recuerdos de provincia

Recuerdos de provincia?

Durante sus años mozos, Don Cornelio Albarracín fue dueño de medio valle del Zonda, en San Juan. Pero una larga enfermedad en su madurez consumió toda su riqueza. Y cuando llegó el momento de la herencia, lo poco que quedaba tuvo que ser repartido entre sus 15 hijos. Entre ellos, Paula Albarracín. ¿Te suena este nombre? Ya veremos quién es…

En 1801, a los 23 años, llegó para Paula el momento de formar su propia familia. En el terreno desolado que le había dejado su padre, se instaló y construyó muy de a poquito su casa. Aunque casi no tenía plata, Paula hizo lo imposible para pagar puntualmente a los peones que levantaban las paredes. Su marido, José Clemente Sarmiento, pasaba mucho tiempo en el ejército y era muy poco el dinero que podía aportar de su trabajo como arriero.

 

De manos hacendosas

 Al pie de una higuera, Paula ubicó su telar, en el que tejía sin descanso una tela llamada anascote,con la que los religiosos hacían sus túnicas. Cada sábado, Paula amanecía bien temprano, preparaba sus prendas y salía a venderlas. Así lograba pagar algunas deudas; y a duras penas vestir a sus hijos y darles de comer.

En la modesta casa del barrio El Cascarral (en el pueblo de San Juan de La Frontera), Paula Albarracín trajo al mundo el 15 de febrero de 1811aFaustino Valentín Sarmiento. ¿Tendrá el nombre del barrio algo que ver con la fama de cascarrabias que el pequeñoFaustinoempezó a demostrar en sus primeros años?

 

La herencia más valiosa

 La familia Sarmiento vivía en la pobreza. Entre el salario de peón y arriero del padre y lo que ganaba la madre con los tejidos, no llegaban a cubrir sus necesidades materiales.

Pero aunque sus padres no pudieron vestirlo con las mejores ropas ni servirle suculentos platos, hubo algo importantísimo que jamás dejaron de darle: el preciado tesoro de la educación.

Una vez, de chiquito, Domingo escuchó a su padre prometerle a un sacerdote amigo: “¡Mi hijo no tomará jamás en las manos una azada!”.

Tan en serio se tomó Don José Clemente su juramento, que él y su hermano José Eufrasio (luego obispo de Cuyo), tomaron a su cargo la educación del pequeño Domingo, y lograron que a los 4 años sarmientito pudiera leer de corrido. ¡Toda una proeza!

 

Alumno a la deriva

 En 1816, Domingo asistió a la “Escuela de la Patria”, inaugurada en San Juan por dos maestros porteños: Ignacio y José Rodríguez. En un aula muy modesta, Sarmiento aprendió a escribir (leer ya sabía) y a hacer cuentas, y terminó la primaria a los 9 años, pero como no había secundaria, se quedó allí hasta los 12, haciendo una y otra vez el último año (por lo que se aburría muchísimo).

Mientras tanto, esperaba conseguir una beca para estudiar en Buenos Aires, que nunca le llegó. Al no poder estudiar en un secundario, tampoco pudo empezar ninguna carrera en la universidad. ¡Qué mala suerte!

Pero testarudo e insistente como él solo, Domingo puso buena cara al mal tiempo y se convirtió en un increíble autodidacta. Su tío José le enseñó latín y otras materias, y lo llevó a San Luis, donde con apenas 15 años, fue maestro en la escuela que ambos fundaron.

La capacidad intelectual de Sarmiento superaba la habitual de los chicos de su edad, y poseía una prodigiosa memoria e inclinación al dibujo. Leyó a todos los pensadores de su época, aprendió un poco de cada uno y se convirtió por empeño propio en un hombre muy culto. Así llegó a ser un gran escritor, gobernador y hasta presidente.Y todavía más que eso: en un verdadero maestro de maestros.

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