LA ENTREVISTA Publicado en la interCole Nº 52 de Octubre 2010

Pescador de sonrisas

Pescador de sonrisas?

Por Alejandro Klappenbach (especial para revista interCole)

      Después de un paseo en “el auto de papá”, llegamos a la entrevista con un nuevo grupo de dueñas de interCole. Pipo las recibió y charló un buen rato con ellas.

      ―¿Qué recuerdos guardás de tu época de alumno?
      ―Algunas cosas parecen extrañas si las pensamos en estos tiempos. Iba a la escuela pública, teníamos patios separados para varones y para mujeres, no se podía pasar de uno al otro. Los pupitres eran individuales. No había calefacción, nos quedábamos con los abrigos puestos los días de mucho frío. Teníamos una sola maestra para todas las materias. Además cursábamos música y gimnasia. Íbamos al colegio solos, no era necesario que nos llevaran nuestros padres: salíamos a la vereda y cuando pasaba un compañero nos uníamos y caminábamos juntos.
      ―¿Amigos de aquel tiempo? ¿Materias preferidas?
      ―Varios amigos; a muchos los sigo viendo porque siguen allí, viviendo en Gualeguaychú, adonde vuelvo muy seguido. Y respecto de las materias, nunca me gustaron las ciencias exactas y siempre me destaqué en lo artístico, en lo expresivo y en lo literario.
      ―¿La música te gustó desde que te acordás o hubo un hecho que despertó tu vocación?
      ―Me gustaba escribir, hacer composiciones, poesías. La inclinación estaba por ese lado desde muy pequeño, nunca tuve preguntas o dudas.

La familia, los primeros espectadores
      ―¿Tu familia te apoyó firmemente?
      ―A mi papá le hubiese gustado que fuera un profesional universitario, se sentía más seguro con eso cuando imaginaba mi futuro. En cambio, tenía dudas acerca de si iba a poder vivir, desarrollarme y alcanzar el éxito siendo artista. Con el tiempo, me pudo ver feliz, haciendo lo que tanto me gustaba, y eso le dio mucha felicidad a él también. Mi mamá fue mi fan número uno desde el primer día. Me apoyó, me acompañó, jamás dudó. Murió el año pasado, y cuando fui a buscar sus cosas encontré una carpeta muy grande con recortes de diarios y revistas en los que salía yo. El apoyo de la familia es muy importante en todo momento: cuando se va al colegio, cuando se estudia una carrera y también cuando se es adulto. Siempre está la familia.
      ―Todo lo que decís se refiere a tu familia “hacia arriba”. ¿Y la familia “hacia abajo”?
      ―Carmela, mi única hija, siempre fue razón para un montón de comportamientos y decisiones. Vive en España, es Doctora en Letras y realizó su tesis sobre toda mi obra de artista. Es un motivo de orgullo y me ha dado dos nietos: Guillermina (ocho años) y Lucas (un año). Ellos me convierten en un abuelo moderno que se comunica casi todos los días por la computadora.

Amor por los chicos
      ―¿Por qué elegiste dedicarte a los chicos?
      ―Siempre me gustó la espontaneidad que tienen y esa exacta combinación para hacer equilibrio entre la fantasía y la realidad. A mis ocho años tenía un teatro de títeres para los de tres o cuatro años. Me interesa la niñez como etapa de la vida; dedicarse a los niños es algo trascendente: ellos son el futuro. Además, los chicos me entretienen, los comprendo, los entiendo. Y debemos tener claro que, cuando sean adultos, se comportarán según cómo los formemos nosotros.
      ―¿Qué vivencias de tu niñez te gustaría que tengan los chicos de hoy?
      ―Fundamentalmente, el contacto con la naturaleza. No reniego del progreso, me gustan la computadora y todos los adelantos, pero siento que están más lejos de un árbol, del aire, de la tierra y de los animales. Y a mí, siendo niño, me hubiese gustado que me vacunaran con las agujas de hoy. Antes eran gruesas y duras, me dolían mucho las inyecciones.
      ―Pensando en tu llegada a Buenos Aires, ¿qué fue lo que más extrañaste?
      ―En Gualeguaychú vivía despacio, tranquilo, menos ansioso y nervioso; el día a día era más simple y sencillo. Pero hoy la vida de allá tampoco es la misma que la de aquel tiempo. Extraño de mi infancia el hecho de nadar en el río, que era limpio y puro; los paseos en bicicleta; y la libertad de andar por todos lados con mis hermanos y con mis amigos.
      ―¿Tuviste un juguete preferido?
      ― Me gustaban mucho un remociclo (vehículo parecido al triciclo) y un perro Pluto. Pero no había nada que me gustara más que mis títeres. Los hacía yo mismo, con un mate, papel de diario, tizas, algo de género, plasticola y un poco de desinfectante para que no se pudrieran. Me pasaba horas con mis títeres inventando historias y personajes.
      ―¿Pensaste alguna vez qué habría sido de vos si no hubieses sido artista?
      ―Jamás. Me gustaba la pintura, y pinto; la música, y toco el acordeón; la actuación, y estoy en un escenario; la escenografía, y aporto mis conocimientos y gustos en mis espectáculos. Sin dudas, con esfuerzo, pasión y dedicación, soy lo que siempre quise ser.
      ―¿Qué característica no le puede faltar a un artista?
      ―El intérprete necesita estudio, capacidad, talento, atención, conocimiento y cultura general. Y también mucha capacidad para repetir y memorizar. El artista “creador”, en cambio, necesita un ideal. Debe saber qué quiere decir y transmitir, y qué pretende generar en el público.
      ―¿Podés describir la sensación de estar en un escenario?
      ―Con el tiempo ha cambiado en algunos aspectos. Hoy que soy grande, estoy menos seguro. Me concentro mucho para que no falle mi voz, trabajo para que mis piernas y mi cuerpo estén fuertes. Son cosas muy importantes para sentirme bien y para poder disfrutar. El escenario es trabajo: tengo que maquillarme y tener buen vestuario. El escenario también lo hace la gente, es vital para la realización del artista. Cuando lo que mandás al público, vuelve; te completás, es algo difícil de contar: es fuerte, intenso; en algún punto te eleva un poco del piso.

      Elevadas del piso estaban las chicas. Lo escuchaban y lo miraban con absoluta atención. Pipo dice cosas con sus palabras y también con sus tonos, con el movimiento de sus brazos y de sus manos, y con los gestos de una cara que no deja de expresar. Un artista que, más que un rato de charla, nos regaló un espectáculo privado en el centro de su casa. ¡Muchas gracias, Pipo! Y hasta la próxima canción.

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