PEQUEÑAS BIOGRAFÍAS Publicado en la interCole Nº 13 de Julio 2006

Horacio Quiroga: Una vida entre la selva y los cuentos

Horacio Quiroga: Una vida entre la selva y los cuentos?

El último día de 1878 en Salto, Uruguay, nació Horacio Silvestre Quiroga, cuarto hijo de Prudencio Quiroga y Juana Corteza. Su papá era vicecónsul argentino y su mamá era  uruguaya y le decían familiarmente Pastora.
De chico, Horacio tenía muchos pasatiempos, como el ciclismo, la química y la fotografía. Y a todos les dedicaba mucho tiempo. Fundó la primera asociación de ciclismo de Salto y consiguió el dinero para construir el primer velódromo del lugar. En cuanto a su pasión por la química, cuentan que Horacio solía despertar a su familia ¡con terribles explosiones e incendios! Y sería gracias a la fotografía que conocería la selva misionera, pero eso te lo contamos más adelante. Antes, Horacio empieza a escribir y a los 19 años ya publica algunas colaboraciones en diarios y revistas.

 

Es la hora de viajar
A los 22 años, Quiroga viajó a París, como muchos otros jóvenes de su tiempo que iban a Europa para ponerse en contacto con los artistas y pensadores de la época (no había televisión, ni radio, ni teléfono de larga distancia). Pero el viaje no resultó: perdió la dirección de sus parientes que vivían en Francia y al poco tiempo se quedó sin plata, así que tuvo que pedir prestado para sobrevivir. Tampoco le gustaron las reuniones literarias del Café Montartre y apenas si pudo ver a Rubén Darío, uno de los escritores más importantes. Volvió en viaje de tercera clase (en barco, por supuesto) y casi en harapos.
En 1903, otro viaje, pero dentro de nuestro país, sería fundamental para Horacio. Acompañó como fotógrafo a Leopoldo Lugones, gran poeta y amigo suyo, en una expedición a las Misiones Jesuíticas encomendada por el gobierno. Así conoció la selva misionera, que marcaría su vida.

 

¡En la selva!
Horacio vivió mucho tiempo en la selva misionera, ¡y cuentan por ahí que hasta domesticó a un oso hormiguero! De tanto observar y admirar a los animales del monte, empezó a imaginarse pequeñas historias protagonizadas por ellos, y así fue que escribió los “Cuentos de la Selva”, que son 8 historias de lo más llamativas:
“La tortuga gigante”, que hace un gran sacrificio por un hombre que la había curado.
“Las medias de los flamencos”, que en realidad no son medias porque la lechuza los engañó.
“El loro pelado”, que toma té con leche y se pelea con un gran tigre.
“La gama ciega”, una pequeña cría de venado que debe pedir ayuda… ¡a un cazador!
“La guerra de los yacarés”, que piden ayuda al surubí para que los barcos no pasen por su río.
“Historia de dos cachorros de coatí y dos cachorros de hombre”, amigos muy diferentes.
“El paso del Yabebirí”, con el esfuerzo de las rayas por defender a un hombre de los tigres.
“La abeja haragana”, que se comía todo el polen en vez de hacer miel y va en penitencia.
En todos los cuentos, animales humanizados se mezclan entre aventuras, alegrías y tristezas, y casi siempre involucrados con personas. Con gran respeto por la naturaleza y por todos los seres vivos, y con variados ejemplos de solidaridad, Quiroga dejó un gran legado para los chicos.

 

Los últimos años
Tras la muerte de su esposa, Ana, Horacio volvió a Buenos Aires, pero años después, ya más grande, regresó a la selva, hasta que enfermó y debió internarse definitivamente en Buenos Aires, donde finalmente murió en 1937, en el Hospital de Clínicas. Era tan pobre que sus amigos debieron pagar el funeral, al que fueron poquísimas personas. En Uruguay, en cambio, las ceremonias fueron muy grandes y hubo una procesión de casi 5 mil personas.
Hoy, el mayor homenaje se lo hacen los miles de chicos de toda América Latina, que disfrutan de sus ocho maravillosos “Cuentos de la selva”.

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