PEQUEÑAS BIOGRAFÍAS Publicado en la interCole Nº 73 de Abril 2013

Jorge Mario Bergoglio: Pastor y ejemplo

Jorge Mario Bergoglio: Pastor y ejemplo?

Mario José Francisco Bergoglio no se imaginaba que aquella decisión familiar tendría consecuencias históricas: “Nos vamos a la Argentina” le anunció su padre al joven italiano, que ya tenía 24 años. Se acababa la década del 20 y los tíos instalados en Paraná (Entre Ríos) les enviaban buenos augurios sobre el futuro en estas latitudes. No les faltaba razón: 5 años después, Mario se cruzó en una misa en Almagro (un barrio de Buenos Aires) con otra descendiente de italianos: Regina María Sívori. Ya no se separarían. Al año siguiente se casaron y el 17 de diciembre de 1936 el matrimonio tuvo su primer hijo. Nadie podía adivinar que aquel cándido bebito porteño, el primogénito, tenía reservado un destino trascendental.
Jorge Mario Bergoglio recibió sólo uno de los tres nombres de su padre. Los otros dos serían protagonistas años después en un momento muy especial: en el día de San José del año 2013, iniciaría su pontificado como el papa Francisco.
El pequeño Jorge pasó su infancia en el barrio de Flores, en la ciudad de Buenos Aires, junto a sus 4 hermanos: Oscar, Marta, Alberto y María Elena.
Iba a la Escuela N° 8 “Coronel Pedro Cerviño” y le gustaba jugar al básquet, como a su papá, pero también al fútbol (solían ir en familia a la cancha, a ver a San Lorenzo). Alegre y tranquilo, siempre encontraba en la lectura un agradable refugio para su tiempo libre.

 

La abuela y la fe
Desde que cumplió su primer año, Jorge pasaba mucho tiempo en casa de sus abuelos, donde los escuchaba hablar en piamontés. Y fue mayormente de boca de su abuela Rosa que aprendió a rezar: ella lo introdujo en la oración y lo marcó en la fe, contándole historias de santos que fascinaban al futuro papa. “Los abuelos son la reserva de la vida; una reserva moral, cultural y religiosa. –diría el cardenal Bergoglio tiempo después– Nos van contando la vida como la vivieron, no la historia de los libros, sino las de su propia vida.”
Sus padres lo acompañaron siempre en la vida espiritual, y en la capilla de la Misericordia, que quedaba cerquita de su casa, se preparó para la primera comunión. Alguna vez pensó en ser cura, pero también en otras posibles vocaciones, como les ocurre a todos los chicos.
A los 13 años tuvo que empezar a trabajar, ya que si bien no pasaban necesidades, en su casa no sobraba nada: no tenían auto ni se iban de vacaciones. De todos modos, continuó el secundario en un colegio industrial especializado en química de la alimentación. Hasta que el 21 de septiembre de 1954 su vida cambió para siempre. ¡Y la nuestra también!

 

El llamado de Dios
“Aquel 21 de septiembre, tipo 9 de la mañana, salía para ir a pasear con mis compañeros y pasé por la puerta de la Iglesia de San José de Flores, a la que yo iba siempre. Y ahí se me dio por entrar, sentí que tenía que entrar. Esas cosas que vos sentís adentro que no sabés por qué son… Y miré… estaba oscurito, y veo que venía un cura caminando que yo no conocía, no era de la Iglesia. Y se sienta en uno de los confesionarios. El último confesionario a la izquierda, mirando al altar. Y ahí yo no sé qué me pasó, sentí como que alguien me agarró de adentro y me llevó al confesionario. Le conté mis cosas, me confesé, pero no sé lo que pasó en mi interior. Y cuando terminé de confesarme le pregunté al padre de dónde era, porque no lo conocía. Me dijo: ‘Soy de Corrientes, estoy viviendo acá cerca en el hogar sacerdotal y vengo a celebrar misa aquí a la parroquia de vez en cuando’. Y tenía un cáncer, una leucemia, murió al año siguiente. Y ahí sentí que tenía que ser cura. Pero no dudé, eh. No dudé.”

 

Alma, mente y cuerpo
En su juventud, una grave pulmonía lo tuvo a maltraer –perdió parte del pulmón derecho–, pero nunca lo detuvo: su profunda espiritualidad no le impidió ser siempre un hombre de acción.
Después de terminar el colegio, trabajó un tiempo en un laboratorio químico, y a los 21 años entró al seminario. Estudió literatura y humanidades, fue docente en un colegio y también siguió las licenciaturas en filosofía y teología. ¡Todo eso! Una completísima preparación intelectual que sería clave para su futuro.
El 13 de diciembre de 1969 fue ordenado sacerdote, y tuvo un gesto que resume su personalidad: invitó especialmente a la celebración a su maestra de primer grado, Estela Quiroga.
Bergoglio había optado por seguir a la Compañía de Jesús, –por eso es un padre “jesuita”– y tres años después de su ordenación ya era el “provincial” (líder) en la Argentina de la orden. Pero tenía mucho más para dar: a los 42 años asumió como rector del Colegio Máximo y de la Facultad de Filosofía y Teología de San Miguel, además de presidir un área de la Universidad del Salvador.
En la misma diócesis, se desempeñó a la vez como párroco de la parroquia del Patriarca San José, donde organizó la catequesis y fundó cuatro iglesias y tres comedores infantiles. Alma, mente y cuerpo siempre al servicio de los demás.

 

De Flores al Vaticano

El 20 de mayo de 1992, Jorge Mario Bergoglio fue nombrado por el entonces papa Juan Pablo II como obispo auxiliar de la ciudad de Buenos Aires, y en 1998 asumió como arzobispo (tras la muerte de Antonio Quarracino).

En 2001 fue nombrado cardenal, pero tantos títulos nunca cambiaron su vida: madrugaba para rezar, se reunía con muchas personas que le pedían ayuda y visitaba parroquias de los más diversos lugares, siempre viajando en subte o colectivo, cerca de la gente. Una vida sencilla y humilde, siempre a disposición de los necesitados.
“Los momentos más lindos que pasé como cura, como obispo, son los que pasé junto a la gente. Y lo que me queda es eso, en el corazón, el haber caminado junto a un pueblo que busca a Jesús, y haber escuchado tantas cosas, y haber aprendido tanta fidelidad” –contó en la radio de la villa 21 de Buenos Aires poco antes de ser elegido papa.
En el año 2005, tras el fallecimiento de Juan Pablo II era uno de los preferidos para sucederlo, pero se cree que al avanzar el cónclave con mucha paridad pidió que no lo votaran más y despejó así el camino para la elección de Joseph Ratzinger, que sería Benedicto XVI.
Al renunciar éste, Bergoglio ya tenía 76 años y pocos pensaban en que sería elegido. Pero con su sencillez, fortaleza y sabiduría iluminó a los cardenales, como en una de las reuniones previas al cónclave, cuando les dijo: “No se debe tener al pastor en la montaña y a las ovejas en el valle.” Jorge Bergoglio estaba anticipando con un símbolo el papado de Francisco.

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